La última campaña

La última campaña

Juan Carlos Salazar del Barrio*
 
”¡No se van a atrever!”, me respondió, convencido de sus propios argumentos y deducciones. “Esa frase ya la escuché una vez”, le dije, recordándole la respuesta que me dio el general Juan José Torres días antes de su secuestro y asesinato en Buenos Aires, el 2 junio de 1976, víctima de la “Operación Cóndor”, ejecutada por el fascismo militar del Cono Sur para aniquilar a los líderes de la izquierda sudamericana. Marcelo Quiroga Santa Cruz se sabía en la mira. El propio Luis García Mesa lo había amenazado públicamente tres semanas antes del golpe del 17 de julio de 1980. “A ese señor –avisó–, las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”. Más que una advertencia, era una sentencia de muerte.
 
“Si los militares quieren matarme, lo harán, haga lo que haga. Tendría que ocultarme debajo de las piedras o irme del país, y eso no lo voy a hacer”, reflexionó el líder socialista al comentar la amenaza en la noche del 23 de junio. “La única posibilidad que tengo de evitarlo es hacer que el costo político de un atentado sea para ellos tan alto que no se atrevan a intentarlo”, agregó con la misma convicción. Su lógica tenía mucho sentido. Pero no con el Ejército. “Marcelo –argumenté sin convencerlo–, los militares se atreven a todo; si lo deciden, lo harán; ellos no razonan como tú. Toman la decisión y no les importa la reacción”.
 
Estábamos en su departamento de la avenida Arce. Acabábamos de llegar de un acto de campaña, en vísperas de la fiesta de San Juan. Sobre la mesa de la sala estaba la tarjeta que le había dejado horas antes por debajo de la puerta el arzobispo de La Paz, monseñor Jorge Manrique, pidiéndole una reunión “urgente”, y al lado, el ejemplar del diario Presencia que reproducía en su primera plana la declaración de García Meza.
 
La campaña electoral de 1980 transcurría entre bombazo y bombazo, en un ambiente de gran tensión, con denuncias cotidianas sobre los preparativos golpistas. Luis Espinal fue secuestrado y asesinado el 21 de marzo, en la primera acción de los paramilitares que encabezarían el golpe del 17 de julio. Dos meses después, en la noche del 29 al 30 de mayo, mientras Hernán Siles Zuazo se declaraba en huelga de hambre exigiendo garantías para la realización de las elecciones del 29 de junio, una decena de explosiones sacudió a la ciudad de La Paz causando zozobra en la población que no olvidaba el sangriento golpe de Todos Santos de un año antes. 
 
Los bombazos, uno de los cuales causó grandes destrozos en la casa del candidato a la vicepresidencia Jaime Paz Zamora, fueron el preludio de un  nuevo atentado, ocurrido el 2 de junio, en el que perdieron la vida cuatro altos dirigentes de la UDP. El hecho se produjo al incendiarse la avioneta Pipper en la que viajaban a Rurrenabaque para participar en un acto de campaña. Paz Zamora sobrevivió con graves quemaduras al saltar del aparato mientras se incendiaba en tierra, cerca de Laja. La nave pertenecía a un servicio de aerotaxis propiedad del coronel Norberto Salomón Soria y Luis Arce Gómez.
 
Pocos días antes de la amenaza formulada por García Meza, el jefe socialista recibió la visita de su amigo y compañero de gabinete en el gobierno del general Alfredo Ovando Candia, el general Juan Ayoroa Ayoroa. Iba de prisa y rehusó la tasa de café que le ofreció el dueño de casa. “Mira, Marcelo, tengo algo muy delicado que comunicarte”, le dijo en tono confidente en mi presencia. Aunque se encontraba en situación de retiro, Ayoroa –quien ocupó el ministerio de Gobierno en el gabinete de Ovando– gozaba del respeto de sus camaradas y mantenía muy buenos contactos con los militares en activo. “La situación dentro del Ejército está muy caldeada, te van a matar si sigues en la misma, debes cuidarte”, le soltó sin mayores rodeos y ahorrándose los detalles de la confabulación y la identificación de las fuentes de su información.
 
El dirigente socialista le dio la misma explicación que le ofrecería días después, en la noche del 23 de junio, al arzobispo Manrique, un hombre avezado en la gestión de crisis y la mediación política, cuando se comunicó con él por vía telefónica para responder al recado que le dejara ese mismo día por debajo de la puerta. “Monseñor, entiendo su ministerio, pero no es precisamente a mí a quien hay que recomendar moderación. Siempre he actuado con responsabilidad y serenidad, pero no puedo rehuir a mis responsabilidades ni renunciar a mis convicciones”, le replicó después de que el prelado le expresara su preocupación por las amenazas y le pidiera “moderación” en sus palabras y acciones futuras.
 
En su declaración, García Meza le había advertido, “por última vez”, que las Fuerzas Armadas no permitirían “un ataque más a cualquiera de sus miembros o a la propia institución tutelar de la patria”, y que quienes “reiteren sus insultos se atendrán a sus graves consecuencias”. “Es el caso de Marcelo Quiroga Santa Cruz –citó concretamente–, que sin saber nada, se ocupa de la vida económica y organizativa de la institución armada”. “A ese señor –añadió- las Fuerzas Armadas sabrán ponerle en su lugar, y yo como hombre”. 
 
El jefe del PS-1 respondió al día siguiente al “intolerable exabrupto” desafiando a García Meza a un debate público para dilucidar quién sabía más de las Fuerzas Armadas. “En cuanto a la amenaza de agresión física que, con propósitos intimidatorios, formula el general García Meza, por cuenta de las Fuerzas Armadas y en nombre suyo, debo aclarar que, si bien no ignoro la demostrada peligrosidad de la misma, estoy, como siempre, resuelto a defender mi honra, mi vida y la de los míos”, subrayó.
 
No era la primera vez que el jerarca castrense lo amenazaba. Tres semanas antes,  el 28 de mayo, en obvia alusión al candidato opositor, conminó a los “extremistas” a abandonar Bolivia. Quiroga le respondió: “Nadie puede obligar a nadie a abandonar el país”.
 
Con el juicio de responsabilidades al general Hugo Banzer Suárez como telón de fondo, los militares reaccionaron airados a la exposición del programa de gobierno del candidato socialista, quien días antes, a través de la televisión, había dicho que no era posible que en un país con carencias vitales, como Bolivia, el presupuesto de la Nación destinara ocho dólares por estudiante contra  1.000 dólares por soldado, y 12 pesos para la alimentación de un enfermo, contra 18 pesos para la alimentación de un perro policía y 26 pesos para un caballo del Ejército. “Todo esto tiene que acabar; esto es irracional. Redistribuiremos el presupuesto nacional, dedicándolo fundamentalmente a aquellos rubros prioritarios”, advirtió en su exposición.
 
Finalmente, tras la campaña electoral más dramática de la historia de Bolivia, llegó la hora de las urnas. La gente acudió masivamente a depositar su voto en un evidente respaldo al proceso democrático y rechazo a los intentos golpistas. Quiroga estaba seguro del éxito de su tercera postulación a la Presidencia en tres años. Así lo dijo en su encuentro con los periodistas después de sufragar en la plaza Isabel La Católica a primera hora de la mañana del domingo 29 de junio.
 
En esa época no se disponía de encuestas de intención de voto, como ahora. El líder socialista apoyaba su pronóstico en el “pálpito de la calle”. Los cierres de campaña, sobre todo los de Oruro, La Paz y Cochabamba, habían sido masivos pese a que el PS-1 no tenía más de tres años de vida. “Marcelo le ha ganado la calle a Paz Estensoro”, me dijo el veterano periodista Ángel Torres al término de la concentración de la plaza Pérez Velasco. Los actos de Oruro y La Paz fueron objeto de un  violento boicot de parte de grupos paramilitares, que lanzaron granadas de gas e hicieron detonar cachorros de dinamita mientras hablaba el candidato, quien se mostraba imperturbable ante las provocaciones.
 
Las explosiones provocaron el desbande de los manifestantes orureños, pero estos lograron reagruparse para realizar una marcha por la ciudad. En previsión de tales hechos, habíamos acordado reunirnos, después del acto, en el alojamiento del encargado de la campaña en Oruro, Walter Vázquez Michel, un cuarto modesto en las afueras de la ciudad. Allí nos encontramos, todos con los ojos irritados por la gasificación. Marcelo estaba feliz.
 
El día de las elecciones, seguimos el recuento en su departamento de la avenida Arce. Al término de la jornada, llegaron José María Palacios, candidato a la Vicepresidencia, y Jaime Taborga Torrico, miembro de la dirección nacional. Permanecieron muy poco tiempo, solo para comentar las incidencias de la votación. Posteriormente  llegó el pintor Enrique Arnal, amigo íntimo de Marcelo y simpatizante socialista. Quico Arnal preparó un espagueti, plato favorito del anfitrión, mientras escuchábamos los primeros resultados a través de la radio.
 
Las tendencias confirmaban el exitoso resultado obtenido por el PS-1, con el 8,7% de la votación y una bancada de diez diputados y un senador, el doble de lo que obtuvo un año antes. “No sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí”, me dijo cerca de la medianoche. “Todo el mundo me decía, incluso en mi casa, la propia Cristina: por qué te aíslas, por qué no llegas a un acuerdo con Siles Zuazo…”. Quiroga, que mantuvo su independencia contra viento y marea, estaba cosechando el resultado de lo que él mismo definía como la práctica consecuente de “una sola línea” política e ideológica, personal y partidaria.
 
Pocos días antes de mi retorno a México, me ofreció una despedida en su departamento, a la que asistieron varios periodistas y corresponsales amigos, como Ana María Campero, corresponsal de la agencia DPA, Harold Olmos (AP), René Villegas (Reuters), Humberto Vacaflor (Ansa) y Juan León, entre otros. El jefe de los socialistas estaba eufórico por el resultado electoral. Al promediar la reunión, lanzó una frase que sacudió a los presentes: “El PS-1 ya es una opción de gobierno; en la próxima elección,  dentro de cuatro años, la lucha será entre la ADN y el PS-1, y en la disyuntiva, Jaime Paz optará por Banzer…” 
 
Todos guardamos silencio, excepto Ana María, quien me susurró al oído: “Marcelo no puede con su carácter… ¡Cómo puede decir eso!”. A todos nos parecía imposible que el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) pudiera pactar algún día con el exdictador, de quien dijo que le separaba “un río de sangre”. No llegó a verlo, pero su pronóstico su cumplió nueve años después, en 1989, cuando Paz Zamora pactó su elección con Banzer Suárez.
 
Marcelo creía que el éxito socialista en las elecciones del 29 de junio era el seguro de vida que necesitaba para neutralizar las amenazas de García Meza, en el entendido de que un atentado conllevaría un costo político elevadísimo no solo para quien lo había amenazado públicamente, haciéndose responsable anticipadamente de la ejecución de la sentencia, sino para la propia institución castrense. Obviamente, los golpistas no pensaban lo mismo.
 
En su última declaración pública, siete días antes del golpe, ratificó su tesis al respecto: “La lastimosa votación obtenida por los grupos golpistas y la inocultable derrota de la candidatura oficialista, han puesto de manifiesto la carencia de respaldo político al golpe”. Es la misma idea que transmití –a pedido suyo– a sus amigos y compañeros socialistas latinoamericanos residentes en México, a donde viajé en la primera semana de julio tras mi participación en la campaña. 
 
“No creo que sea así… Dudo mucho que el golpismo haya sido derrotado… Ojalá Marcelo tenga razón”, me respondió uno de ellos, el periodista uruguayo Carlos Quijano, director del legendario semanario Marcha,  para quien llevé una carta del líder socialista. Quijano mencionó esa conversación en el editorial de la edición del periódico posterior al golpe.       
 
Hablé con Marcelo por última vez el 14 de julio, desde México, para comunicarle que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua le hizo llegar, por mi intermedio, una invitación especial para el acto conmemorativo del primer aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista, el 19 de julio, en Managua. “Es imposible que pueda viajar, no puedo ausentarme en este momento, porque estamos en plena negociación congresal para el desempate de la elección presidencial”, me respondió. Declinó la invitación. El destino le había marcado otra cita para ese 17 de julio. 
 
* Juan Carlos Salazar del Barrio es periodista y fue amigo personal de Marcelo Quiroga

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