El capitán en retirada

 Arturo Choque Montaño
 Foto: José Luis Quintana 
 
Cuando el líder de Nueva Fuerza Republicana hizo conocer su decisión de abandonar la coalición de gobierno, el exministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín, le dijo: "No nos friegues, Mandred", y en seguida pasó a explicarle un truculento plan que forzaría la intervención de la ONU y de los Cascos Azules, aunque ello implicara desatar una guerra civil.
  
Gonzalo Sánchez de Lozada no acostumbraba levantarse temprano por las mañanas y el 17 de octubre de 2003, su último día como Presidente de Bolivia, no fue la excepción.
 
Desde hacía cinco días, la Residencia Presidencial de San Jorge se había convertido en el puesto de comando del gobierno y epicentro político del país. Desde aquel gris edificio, con más pinta de cárcel que de mansión presidencial, se dirigían los designios de una nación en colapso.
 
El Palacio de Gobierno de la Plaza Murillo, asediado por los movimientos sociales, había dejado de ser un lugar seguro para administrar la crisis, de manera que las reuniones políticas, las conferencias de prensa, los consejos de ministros y hasta las reuniones con el alto mando militar se habían trasladado al extremo sur de la Avenida Arce.
 
Goni no había dormido bien, estaba terminando de vestirse cuando su edecán le anunció que Manfred Reyes Villa insistía en hablar con él urgentemente. Cuando el mandatario cruzó miradas con el jefe de NFR interrumpió por un instante su empeño por arreglarse la camisa.
 
El talante grave de su aliado político, quien siempre acostumbraba extenderle la mano con una perfecta sonrisa proselitista, le anunció que algo realmente serio tenía que decirle. El Presidente quiso estar equivocado, pero Reyes Villa no le dio más largas a su angustia y disparó a bocajarro: “Si no cambias de actitud, esto se viene abajo. Tienes que renunciar”. Su interlocutor trató de articular un argumento, pero el joven político tenía que desembarazarse de la carga que lo agobiaba y agregó casi en un hilo de voz: “me voy”.
 
El último recurso de Sánchez de Lozada fue levantar el teléfono y marcar ocho números que se sabía de memoria 715..... al otro lado de la línea estaba Carlos Sánchez Berzaín, el Ministro de Defensa. Después de explicarle breve y atropelladamente la crisis política que se estaba generando en la coalición de gobierno, lo puso en el altavoz.
 
“No nos frieges Manfred” dijo el “Zorro” a manera de saludo. Estaba convencido que lo que menos necesitaba el gobierno en ese momento era que lo abandonen sus aliados. Luego pasó a explicarle un truculento plan que había urdido durante la noche: La idea parecía factible, desde el punto de vista pragmático, pero moralmente impensable y hasta sádicamente delirante. Sánchez Berzaín quería dejar pasar a la marcha de mineros, campesinos y universitarios que se encontraba en Patacamaya, infiltrar gente que inicie saqueos y enfrentamientos con la clase media, argumentar presencia del “terrorismo”, generar una “guerra civil” y... “meter bala”.
 
Manfred Reyes intentó analizar la propuesta, pero la única respuesta que se le ocurrió fue que él, como soldado, sabía que las Fuerzas Armadas tenían un límite para disparar contra su propio pueblo antes de rebelarse. El hombre duro de Sánchez de Lozada respondió sin inmutarse que también había calculado eso; la idea era que después de que se generaran los primeros cientos de muertos, el gobierno pediría la intervención de los Cascos Azules, las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, asumiendo que ellos se encargarían del trabajo sucio.
 
Fue demasiado para el Jefe de Nueva Fuerza Republicana. Le reiteró al Presidente que ya era tarde para cualquier otra salida que no fuera su renuncia. Gonzalo Sánchez de Lozada se puso iracundo, le dijo que no iba a renunciar. Sin despedirse siquiera, Manfred giró sobre sus talones, bajó las gradas y salió por la puerta principal de la Residencia Presidencial. En la Avenida Arce una veintena de periodistas aguardaban bajo el sol inclemente de octubre.
 
Las grabadoras comenzaron a funcionar, pero el ex Capitán no pudo salir airoso de la improvisada comparecencia. Hizo un torpe malabar retórico para equilibrar su abandono del poder, su pedido de renuncia al Presidente, su acuerdo con la Embajada de los Estados Unidos (país en el que había estado apenas cuatro días antes) y su apoyo a la sucesión constitucional que ponga a Carlos Mesa en la cabeza del Estado.
 
“Hay grupos anárquicos, por eso hay que hablar de una transición. No deberíamos esperar un gobierno de presión, por eso deberíamos plantear un gobierno de unidad donde se garantice la paz”., balbuceó. Manfred, impecablemente vestido y peinado, contrastaba con el clima de desconcierto que vivía la sede de gobierno, posiblemente era la única persona que vestía traje y corbata en ese momento en toda la ciudad.

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