Cuarenta años ya, Marcelo

Carlos D. Mesa Gisbert*
 
Luis García Meza planeaba quedarse veinte años en el gobierno, así lo dijo sin que se le moviera un pelo a poco de haber asaltado el poder. El lunes 17 de julio de 2020 se cumplieron cuarenta años de esa locura que duró solamente un año y diecisiete días. Fue su­ficiente para asesinar a Marcelo Quiroga Santa Cruz, a los ocho jóvenes dirigentes del MIR, a Carlos Flores y a Gualberto Vega, además de otros mártires anónimos muertos –sobre todo en los centros mineros– en esos días aciagos.
 
Marcelo, por su talla personal, su magnetismo, lo que representó entonces, ha recogido en su figura a todos esas víctimas y a todas las ideas que bullían en una generación y en un pueblo que creía estar en los albores de un nuevo tiempo. Mañana el Pueblo se llamaba el semanario del PS-1 que dirigía Quiroga, re­flejaba en esa frase una esperanza y una convicción. Treinta y cinco años después ¿qué es lo que nos queda de ese mañana y de ese hombre?
 
Los jóvenes de hoy, quienes terminan su adoles­cencia y se preparan para la vida profesional han na­cido después de 1982 y llegaron al uso de razón en democracia. Las dictaduras, los presos, exilados, tor­turados, muertos y desaparecidos, las ideas que pola­rizaron a la nación, no son siquiera historia, son bru­mas inciertas de un pasado inexplicable e inexplicado. Como siempre, la mayoría de los colegios se ocupan de repetir mal pergeñados algunos temas recurren­tes como la guerra de independencia, algunos otros asuntos si hay suerte y poco más.
 
Marcelo y su tiempo son ya grandes desconoci­dos, simplemente nombres, referencias al pasar en el mundo de la política que cada vez les interesa me­nos a los jóvenes. No es el tiempo de las grandes pre­ocupaciones sociales, es el tiempo del logre el éxito quien pueda o sálvese quien pueda. Irónicamente, lo que queda de Marcelo no son sus ideas, ni la guerra sin cuartel que dio sobre el tema de la defensa del gas que convirtió en bandera personal a partir de la nacio­nalización de la Gulf. La idea de “oleocracia o patria”, por ejemplo, se estrella frontalmente ante la realidad del gasoducto al Brasil, el proceso de capitalización, el Referendo de Hidrocarburos y el DS de 1º de mayo de 2006 con la impensada multiplicación de nuestras exportaciones a partir de ese rubro. No es tampoco la idea de una patria socialista y radical, por lo menos tal como la pensó y que lo llevó a ser una de las principa­les opciones electorales en 1980, lo que recordamos de este verdadero caballero andante.
 
Su mente clara, su voz profunda, su capacidad im­presionante para construir discursos estremecedores en un castellano perfecto, lo convirtieron en un líder político cuyas condiciones personales superaban aún a los mayores caudillos de entonces. Pero Marcelo tenía un valor agregado adicional, era un hombre di­recto y era un hombre valiente. ¿Una vocación para la muerte? Su vida fue un extraño y complejo coqueteo con el heroísmo, o mejor con una cierta certitud de destino inexorable que tienen algunos seres humanos y que los conduce irremediablemente a su cita final. Marcelo estuvo dispuesto a enfrentar la muerte sin pensarlo dos veces. Lo hizo por primera vez de mane­ra frontal cuando abrió el juicio de responsabilidades contra Banzer y desarrolló una de las exposiciones más demoledoras contra un gobierno que recuerde la his­toria del parlamento boliviano –hoy nos damos cuen­ta de la categoría y composición de los parlamentarios de 1979, harto superior a la que hemos padecido en los últimos lustros–, pero continuó su arrojo cuando el futuro dictador, carente de armas intelectuales y éti­cas que pudiesen siquiera mellarlo, lo desafío “como hombre”. La respuesta contundente de aceptar un de­bate de ideas sobre las FF.AA. en cualquier condición y en cualquier escenario, fue quizás un paso al abismo que el jefe socialista dio porque esa era la única lógica de su conciencia.
 
Quienes conocimos a Marcelo, quienes vivimos ese intenso y atribulado tiempo de blancos y negros, de guerras radicales y sin perdón entre derechas e iz­quierdas, quizás podamos comprender al personaje en el meollo de sus ideas, pero como con el Che, hoy se admira a Marcelo no siempre por lo que pensaba sino por lo que hizo para defender lo que pensaba. Admiramos a Marcelo porque fue íntegro, porque fue coherente, porque hacía lo que decía, porque fue va­liente y se enfrentó al poder irracional de las armas y de la barbarie, porque entregó su vida por la nación. Ese es el meollo de su ejemplo, ese es su escudo y su espada. Por eso es una referencia de luz en estas som­bras que, de haber superado las posiciones extremas, pasó a ahogarse en un asfixiante gris lleno de medio­cridades, de concesiones, de mezquindades.
 
Una vez más un nombre es un desafío para quienes nunca perdieron el alma de dictadores, para quienes aborrecen el pasado porque les recuerda su propio barro, para quienes derrotados en el alma quieren dis­frazar sus miedos y sus fantasmas con imprecaciones. No importa si Marcelo fue socialista o no, importa que Marcelo fue quien, a nombre de millones, les dijo co­sas que no querían oír, los derrotó siempre porque no solo era más lúcido y, más inteligente que ellos, sino porque era largamente más hombre que ellos, no el “hombre” caricatura de los machistas armados, sino aquel capaz de entender la humanidad y su sentido.
 
Han pasado treinta y cinco años sin Marcelo. Qui­zás sus ideas vuelvan algún día a enseñorearse de esta sociedad, quizás no, lo permanente, lo indeleble es su condición de símbolo. Símbolo de todo aquello que quisiéramos para las generaciones futuras, la grande­za de una vida transparente y creadora, el sino de una muerte que enterró para siempre a sus asesinos.
 
* Carlos D. Mesa Gisbert es periodista, historiador y expresidente de Bolivia.

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