Cinco presidentes en un día

Cinco presidentes en un día

Eduardo Pachi Acarrunz
 
Esas tensas horas entre el 4 y el 6 de otubre de 1970 remataron en un hecho insólito: Bolivia tuvo cinco presidentes en un día. El 4 de octubre, respaldado por el ala fascista de las Fuerzas Armadas, el Comandante del Ejército, general Rogelio Miranda, se había alzado en armas contra el presidente, general Alfredo Ovando, que no sólo no renunció, sino que destituyó al jefe insurrecto. Horas después, mientras Radio Batallón Colorados insistía desde el Cuartel General de Miraflores –bastión de los golpistas– que las Fuerzas Armadas “respaldaban plenamente al general Rogelio Miranda”, el nuevo Alto Mando castrense, integrado por los comandantes Efraín Guachalla (Ejército), Fernando Sattori (Fuerza Aérea) y Alberto Albarracín (Fuerza Naval), se investía de Junta Militar gobernante (triunvirato) y se posesionaba en el Palacio Quemado. Finalmente, cuando el país estaba al filo del enfrentamiento, en la madrugada del 6 de octubre renuncia el presidente Alfredo Ovando y se asila en la embajada argentina. Ante la dimisión presidencial, el general Juan José Torres, atrincherado en la base aérea de El Alto y apoyado por la Central Obrera Boliviana (COB), al amanecer del 7 de octubre iba a ser proclamado mandatario de la nación.
 
Nunca antes Bolivia había vivido una situación límite como la enunciada, pero no hubo gratuidad en los intentos de la derecha militar para derrocar a Ovando, cuyo gobierno, el 17 de octubre de 1969, había nacionalizado la Gulf Oil Company, por conducto de su ministro de Minas y Petróleo, Marcelo Quiroga Santa Cruz. Esta medida, que en sí caracterizaba de “revolucionario” al régimen de facto, dio lugar al súbito reforzamiento del ascenso de masas liderado por la COB.
 
 
Los hechos, sus protagonistas 
 
La pugna por el poder, que devino en una insólita sucesión de seis presidentes en cuestión de horas, puso al país en la mira de la atención mundial desde el 3 de octubre de 1970, cuando un grupo de militares en retiro, mediante pronunciamiento público exigió al general Ovando devolviera, en manos de una Junta Militar, el cargo que por Mandato de las Fuerzas Armadas recibiera el 26 de septiembre de 1969.
 
Ante este panorama, en la noche del lunes 5 la Nunciatura Apostólica reunió en su sede a los generales Ovando y Miranda en procura de un acuerdo. La reunión no tenía visos de terminar. Pasadas las 22:OO, en el hall que separaba las salitas donde oficiales de uno y otro bando se mantenían alertas, los periodistas nacionales y sus pares de las agencias internacionales fuimos testigos de otro hecho inusitado: el capitán de ejército, Moisés Chiriqui, al frente de la oficialidad leal al general Ovando, en traje de fajina y bien armado atravesó el estar intermedio, ingresó al de sus colegas golpistas e increpó a su homólogo de la fuerza aérea Norberto Bubby Salomón: “No sé cuál va a ser el resultado”, le espetó: “¡salga, so carajo!, los dos vamos a dirimir a tiros esta situación”. Salomón empalideció y no atinó a decir palabra. Alarmado por los gritos de Chiriqui, un religioso se asomó a la salita de los insurrectos y refrenó los ánimos. Minutos después, Ovando y Miranda abandonaron la sede episcopal seguidos de sus guardias de seguridad.
 
 
Testimonio personal
 
Improvisado y débil, el triunvirato de Guachalla, Sattori y Albarracín, a la medianoche del 5 de octubre pasaba a ser una anécdota más en la convulsionada historia boliviana. Radio Altiplano, por entonces la emisora de mayor sintonía en cuestión de avatares políticos, informó que “todo parece concentrarse ahora en la dilucidación entre las fuerzas nacionalistas del oficialismo y las del golpismo mirandista”.
 
De la Nunciatura, siguiendo al vehículo presidencial, los reporteros y fotógrafos llegaron a una de las dos casas del general Ovando (final de la Av.20 de octubre, la otra estaba situada en la plaza Isabel La Católica). Unos y otros, además de corresponsales y enviados de la prensa extranjera, sumaban más de una veintena. Se agolparon frente a la puerta del inmueble de dos plantas. No era para menos: al no haber llegado a ningún acuerdo, tanto el general golpista como el aún presidente, se plantaron en sus reales y empezaban a perfilar estrategias. Al menos era lo que pensábamos los periodistas, hasta que un edecán de Ovando nos confió una variante: “El general Juan José Torres va a reunirse con el presidente”. Torres ya había estado esperando a Ovando en su domicilio.
 
“¿Cuál era el leitmotiv de la reunión?” “¿Qué se traía entre manos JJ Torres?”, especulábamos ante la ninguna posibilidad de ingresar siquiera al jardincito delantero. Fueron largas horas de espera, pero eran horas en que la mayoría estaba acostumbrada al desvelo (aunque muchos ya desertaban). A eso de las 03:00, el azar vino en mi auxilio. A paso apurado se acercaba una fila de campesinos encabezados por un dirigente que había conocido en la Asamblea del Pueblo. Me adelanté a saludarlo: “Compañero Suxo, ¿qué lo trae por aquí?”. Al enterarme del propósito de su visita, toqué el timbre. El capitán Bismark Ortiz, el mismo que nos habló de la reunión Torres-Ovando, abrió la puerta y antes de que me recordara que me estaba prohibido pasar, le dije: “Capitán, traigo a los dirigentes campesinos, vienen a darle su apoyo al general Ovando”. Muy cordial, me pidió aguardáramos un minuto. “Pasen, pasen, síganme”, nos dijo Ortiz, tras abrir la puerta, franquearnos el paso e indicar que ingresáramos por una puertita trasera que daba a la cocina. “Van a tener que esperar un poco”, nos dijo al ofrecernos un café. Finalmente, ya estaba en el escenario de la noticia, a punto de anotarme otra primicia, otra “patada”, en el argot periodístico.
 
Los principales protagonistas estaban reunidos en el segundo piso. En el hall de la planta baja se escuchaba unas voces: eran algunos ministros y colaboradores del régimen; en el living, a puerta cerrada, un grupo de militares. Con sigilo, abrí la portezuela de la cocina y vi a algunos conocidos míos, entre ellos a Jorge Gallardo y Carlos Antonio Carrasco. Me acerqué a ellos y por ellos supe que el general Torres estaba pidiéndole al presidente Ovando que no renunciara, que la COB estaba de su lado y anunciaba una huelga general en su respaldo. El reloj marcaba las 05:00 cuando el general Juan José Torres descendía las escaleras. Tenía abierta la blusa militar y una mueca de abatimiento grababa su rostro cansado. Se paró en el tercer escalón y dio la mala nueva a los circunstantes: “El general Ovando ha dimitido”, dijo con pesar, dejando desalentados a todos. En eso, Juan José Capriles, un activista político y periodista, tomó al general Torres por los brazos y le dijo con firmeza desde su voz potente: “General, usted debe ponerse al frente de la resistencia”. Torres no objetó. Otro de sus colaboradores urgió: “No tardemos más, general, militares leales y civiles armados nos esperan en la Base Aérea de El Alto. Todo fue muy rápido. En cuestión de minutos, llevándose al jerarca militar por delante –y a los campesinos de Suxo– abordaron movilidades estacionadas en la avenida 20 de octubre.
 
El único que se quedó en la casa, conmigo, fue el exministro de Educación Carlos Antonio Carrasco, con quien pudimos escuchar que, en el salón contiguo, el general Luis Reque Terán, conocido por su oportunismo político y su vesania, decía: “Camaradas, ha dimitido el presidente, negociemos la dimisión con el Alto Mando”. 
 
“¿Qué vas a hacer Pachi?”, me preguntó Carlos Antonio. “Corro al periódico, por lo menos a cambiar la primera página, si quieres vienes conmigo y desde la redacción llamas a Radio Altiplano y das la noticia”. Al salir de la casa, vimos al ya expresidente Ovando y a su familia acomodando valijas en el auto presidencial para enrumbar hacia la embajada argentina, escoltados por su guardia personal. Al llegar a Hoy, paré la edición y en la portada correspondiente al martes 6 de octubre titulé: “Dimitió Ovando”, junto a un fotaza del mandatario renunciante y una reseña de los últimos acontecimientos, mientras Presencia titulaba su primera página: “El país está al borde de una lucha armada”.
 
Horas más tarde, ya con los compañeros de redacción, Arturo Gandarillas y Mario Cañipa, principalmente, y el fotógrafo Lucio Flores, hicimos el seguimiento del caso. En el cuartel general de Miraflores, el general Miranda persistía en hacerse del poder, mientras en la base aérea de El Alto, más propiamente en las instalaciones del Grupo Aéreo de Caza, el general Torres, junto a militares leales y a dirigentes armados del Comando Político de los Trabajadores –brazo político-militar de la COB– planificaban el qué hacer de las próximas horas. Luego iba a venir otra “patada” primicial, cuando ya llevaba 48 horas sin dormir, ganado por las ansias de ganarle a la competencia.
 
A las tres de la mañana del 7 de octubre, cuando me encontraba solo en la redacción, escribiendo notas contextualizadas y algunas aristas relevantes de la jornada anterior, recibí una llamada de la Base Aérea de El Alto, pero no era de ningún militar, sino de Pepe Luque –sin duda, el diseñador más destacado del periodismo boliviano del siglo XX, bohemio emblemático, dibujante irrepetible y director de Cascabel, revista editada por Hoy–, quien con unos traguitos encima me decía: “Pachi, hermano, hay un nuevo presidente, es Jotita Torres”. Un tanto extrañado le dije: “¿Quieres que publique la noticia tomando como fuente a un amigo en estado de ebriedad?”, bromeé amigablemente; “¿dónde estás, hermano?”, le pregunté. “En la base de El Alto…”. En eso, un oficial cogió el teléfono, se identificó y me dijo: “Le habla el capitán Estremadoiro, el general Juan José Torres ha sido proclamado Presidente de la República y en las próximas horas tomará posesión del mando, buenos días”. De inmediato cambié la primera página, titulé “Torres gobierna”. Llamé al director del periódico, Mario Cucho Vargas, el único con quien sostuve comunicación durante esas jornadas. Le puse al tanto de todo. “Otro golazo a la competencia, Pachi, qué estarán publicando esos boludos de Presencia y El Diario”, se entusiasmó. “Muy bien, pero ahora váyase a dormir por todo lo que no durmió en estos tres días y noches”. Ese miércoles 7 de octubre, Presencia titulaba: “No ha desaparecido el peligro de una lucha armada en el país”.

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