Amenaza de muerte

Eduardo Pachi Ascarrunz *
 
No era la primera vez. Ni iba a ser la última. 
 
Desde que inició su vida política orgánica, a mediados de los años 60, las amenazas de muerte contra Marcelo Quiroga Santa Cruz fueron constantes. Luego de demandar a René Barrientos Ortuño y a su ministro de Gobierno, Antonio Arguedas Mendieta, por la injerencia de la CIA en Bolivia –el único juicio de responsabilidades a un presidente en ejercicio de funciones–, a su encarcelamiento en el penal de San Pedro y destierro en Madidi le siguieron anónimas amenazas de matarlo. 
 
Consumado el golpe de Estado del coronel Banzer Suárez, desde la clandestinidad, en el programa Pido la Palabra –radio Altiplano, septiembre de 1971–, tras rendir homenaje al sacerdote Mauricio Lefebre, asesinado durante la arremetida golpista de 1971, el líder socialista expresó: “En los días que precedieron al cuartelazo frustrado de octubre del año pasado (1970), el mismo grupo de militares que protagonizó la masacre de agosto, se reunió y resolvió mi ejecución, para cuyo cometido no fue necesario proceder al proyectado sorteo por el voluntario ofrecimiento de dos de los presentes. Esta información fidedigna (…) me ha sido ratificada en las últimas horas, con la advertencia adicional de haberse actualizado, en términos perentorios, mi sentencia de muerte”. 
 
Ya en el exilio bonaerense, amenazado de muerte por la Tripe A (Alianza Anticomunista Argentina), que antes había asesinado al expresidente Juan José Torres, Quiroga Santa Cruz tuvo que refugiarse en México. 
 
A su vuelta clandestina al país, durante la precaria apertura democrática, en febrero de 1980 instauró un juicio de responsabilidades al exmandatario Hugo Banzer Suárez, por delitos contra los intereses del Estado, conculcación de las libertades ciudadanas y otros que iban de la persecución, apresamiento y exilio de dirigentes obreros y políticos hasta flagrantes abusos a los derechos humanos: tortura, asesinatos y desaparición de cientos de bolivianos y bolivianas.
 
El juicio a Banzer y a su dictadura de siete años, lo puso en la mira del sector fascista de las Fuerzas Armadas y una vez más el intelectual y político izquierdista más lúcido de la centuria pasada, denunció que militares de élite despojados del poder, habían concertado darle muerte.
 
El 2 de marzo de 1980 la Dirección Nacional del Partido Socialista-1 denuncia un plan para victimar a Quiroga Santa Cruz. El pronunciamiento, publicado en Presencia ese día, señala: “Cursa en nuestro poder una información fidedigna originada en los mismos que ya han resuelto la victimación de Quiroga Santa Cruz, como parte preparatoria de una conspiración sangrienta. Esta información ha sido puesta en conocimiento de instituciones y personalidades nacionales e internacionales, (con) el detalle de la conspiración homicida e indicación de los nombre de los principales culpables”.
 
El documento, sin duda redactado por el propio Marcelo Quiroga Santa Cruz, termina con una advertencia insinuatoria, como dando por inminente la ejecución del plan: “Esta denuncia pública, así como la información que hemos depositado en manos responsables, servirán a la individualización de los inspiradores y los autores materiales para su juzgamiento y castigo, el día en que ejecuten su plan homicida”.
 
Testimonio personal
Entre la denuncia de marzo de 1980, en torno a otra amenaza de muerte de jaez castrense, y aquella análoga anterior (radio Altiplano, septiembre de 1971), atribuida también a mano militar detrás de una condena a muerte a Quiroga Santa Cruz, durante el Juicio a Banzer sobrevino una más de tinte similar.
 
Ocurrió a mediados de mayo de 1980, durante una visita de las que solía hacerle a su domicilio de la avenida Arce.
 
— Toco el timbre y tú abres o lo hace tu empleada (una señora entrada en años). Estás muy expuesto, Marcelo —le dije al ingresar a su escritorio.
— No me expongo, Pachi, casi no hago vida social y no frecuento fiestas ni bares… ¿Quieres que te diga una cosa? La otra noche se han sorteado en el Tarapacá para matarme –Marcelo hablaba sin el mínimo gesto de alarma– Si quieren hacerlo, lo van a hacer, pero si lo hacen –agregó al sacar una Colt 38 largo de un cajón de su escritorio, puso el arma sobre la mesa y me dijo–: Si vienen por mí, por la menos me voy a bajar a uno.
 
Viéndole tan templado al hablar de semejante trance, yo sólo atinaba a escucharle, atónito
— ¿Y sabes quién me dio la información?: la Embajada de Estados Unidos.
 
Ese dato, inesperado dato, le confería al asunto una credibilidad inquietante. Es claro, por única vez en ese lapso se daba una confluencia: la CIA y el Pentágono (diestros en operaciones encubiertas), por un lado, y la Casa Blanca y el Departamento de Estado (más duchos en la vía diplomática), por otra, no estaban en nada interesados en que se produjera un golpe de Estado en Bolivia, y menos lo iban a estar alentando el asesinato de un prominente líder que propugnaba lo que para ellos era un inocuo socialismo en democracia.
 
No obstante el aplomo con que Marcelo había hablado, se atirantaron mis pulsiones. Algo habrá que hacer, me dije. Convencido de la gravedad que entrañaba la inminencia de que fuera asesinado, de lo vulnerable y expuesto que estaba y de lo fácil que resultaría atentar contra su vida, ubiqué a Raúl Araoz Guzmán, un compañero de la izquierda dura, inteligente y entrenado en el manejo de armas; por lo demás, un cuadro de adhesión incondicional al liderazgo de Quiroga Santa Cruz. Raúl no dudó un momento ante la necesidad de resguardar la seguridad física de Marcelo. Quedamos en vernos al día siguiente. Noche después, Marcelo me cita a conversar en su casa, con cierta urgencia. “¿Puedo ir con un compañero?, ya te diré para qué”, le dije, y él: “Por supuesto, los espero a las ocho”. 
 
Una vez en su casa, luego de las presentaciones, hablamos con Marcelo. Le puse al tanto de lo que habíamos conversado con el compañero, reiterando la necesidad de contar con un mínimo aparato de reguardo personal. Raúl le ratificó su voluntad y la de dos compañeros más. Marcelo escuchó nuestra insistencia y los argumentos que la justificaban y fue al punto:
 
— Antes que nada –dijo refiriéndose a Raúl–, le agradezco su buena disposición, compañero, pero debo decirle, y a ti Pachi, que si han decidido matarme, lo van a hacer –con la misma convicción que había hablado noches antes, repetía las mismas palabras–. Ellos han decidido hacerlo y no se trata de una cuestión aislada, de dos o tres personas, es la intención madurada de un sector orgánico, del sector golpista encabezado por Luis García Meza y Arce Gómez. No sé qué se podría hacer frente a eso. Dos o tres de los nuestros no van a poder evitarlo, aquí en casa o fuera de ella.  
— No tomar alguna providencia, facilitaría las cosas –le dije–. No deberíamos cruzarnos de brazos, Marcelo, se trata de tu vida… Tu vida está en riesgo eminente.
— Yo les agradezco, sinceramente. Además, perdóneme compañero –Marcelo volvió a referirse a Raúl–: estaríamos hablando de formar un cuerpo de seguridad, ¿no es otra cosa, no? No, no, discúlpenme, yo no podría convivir con guardaespaldas. Eso no va conmigo. Gracias una vez más, de veras, no creo que sea posible ni necesario.
 
Tras despedirnos y salir del departamento, una mezcla de temor y desazón hizo que no hiciéramos lo que acostumbrábamos con Raúl Araoz, irnos a casa e iniciar otra mano de charla interminable. Nos despedimos y cada cuál por su lado.
 
Era la tercera vez que abordábamos el tema del riesgo de muerte. En cada una de ellas, la actitud de Marcelo denotaba una fría objetividad, cargada de racionalidad y certidumbre. Pero no se trataba de nada parecido a la resignación ante lo inevitable. Quizás, en el fondo de su alma había una pizca de esperanza: la posibilidad de que algo pudiera pasar, un cambio de planes, quizás. Sin embargo, ahí estaba la voluntad consciente y criminal de García Meza, Arce Gómez y sus cómplices, los profesionales argentinos y sus pares bolivianos, uniformados  y paramilitares, meses antes plasmada en el asesinato del sacerdote, periodista y crítico cinematográfico Luis Espinal Camps.
 
No habían pasado ni tres semanas de aquel intento infructuoso, cuando el general Luis García Meza, entonces comandante del Colegio Militar, durante un acto público, en Cochabamba, acusó al candidato socialista que “sin saber nada de la vida organizativa y económica de las Fuerzas Armadas” incurre en el abuso de ocuparse de ellas, lo que para el “constituye un insulto que no puede tolerar”. Pero la cosa subió de tono cuando expresó que “las Fuerzas Armadas y yo como hombre sabremos ponerlo en su lugar”.
 
A mi vuelta de un viaje que me llevó a la Unión Soviética, representando a Bolivia en el Festival de cine de loa países del Tercer Mundo, en Tashkent, con escala en Madrid, donde firmé un convenio íbero-boliviano de cooperación televisiva, visité a Marcelo en su departamento. Comentamos acerca de lo dicho por García Meza en Cochabamba, misma que mereció amplia difusión en la prensa boliviana. Marcelo se había enterado de ella mediante amigos periodistas que no se guardaron su indignación y le hicieron llegar su solidaridad.
 
— Confirmé las declaraciones de García Meza y antes de escribir una respuesta y de atender a los requerimientos periodísticos, ya había ubicado el teléfono de García Meza. Lo llamé y le dije con la mayor claridad posible: Creo entender en sus palabras un franco desafío a dirimir nuestras diferencias como corresponde hacerlo en estos casos: en el campo del honor. Elija usted las armas y su padrino, que el mío se pondrá en contacto con usted para definir el día y la hora.
— ¿Lo retaste a duelo?
— Sí.
 
La revelación me dejó pasmado. Mucho se había comentado acerca de la bravuconada de García Meza, sobre todo entre los periodistas. La mayoría censuraba esa actitud. Todos veían en ella una torpe manera de oponer a la razón la fuerza; todos condenaban ese actuar abusivo y temieron por la suerte del líder socialista.
 
Esa noche, Marcelo vestía la misma chompa de aquella tarde en que Tania Flores le hiciera la secuencia fotográfica más difundida en sus últimos años. Marcelo estaba sentado en el mismo sillón de su escritorio. Alargó el brazo y puso su mano derecha a la altura de mi pecho, a unos centímetros:
— ¿Firme? –preguntó muy seguro–, ¿no tiembla, no?
— No –le dije observando la firmeza de su brazo extendido y de su mano durante unos segundos antes de volverlos a su posición normal.
— No hago vida nocturna, Pachi, no bebo; si me trasnocho es haciendo algún trabajo; duermo bien y camino cuanto puedo. En cambio él (García Meza), se las pasa de fiesta en fiesta; una noche farrea y la otra también. Sí, sí, tengo el pulso firme y no he perdido la puntería.
— ¿Practicaste tiro alguna vez?
— Fui campeón de tiro en mi juventud, Pachi, y he vuelto a disparar algunas veces.
— Nadie se habría imaginado esto, Marcelo. Si hasta se compadecieron de ti imaginándote en sumo vulnerable ante la furia de ese imbécil.
— Que con la vida que lleva no está precisamente en forma para estos menesteres.
“Ni duda cabe”, me dio ganas de decirle. Es que en su voz serena y sin rasgo de alarde y en la forma como se refería al asunto, era como si me estuviera diciendo: a ese tipo le meto un tiro entre ceja y ceja.
— Y ¿qué te respondió García Meza?
— Evasivas. Qué, ‘cómo vas a creer eso, Marcelo’, que ‘son cosas de las circunstancias’. No dejé que continuara. “Espero su respuesta”, le dije, terminante, y colgué el teléfono. Luego redacté mi respuesta personal.
— Leí tus declaraciones en Presencia.
 
Las declaraciones del Comandante del Colegio Militar, general Luis García Meza confirmaban aquello. No había que hilar muy fino, “poner en su lugar como hombre” no tenía otra lectura que atentar contra la vida del líder socialista, quien salió al paso de la amenaza aludiendo a la cuestión  política y a lo que correspondía en lo personal (Presencia, 24 de junio de 1980). Cito:
“Esta es mi respuesta: 1.- Invito al Gral. García Mesa a debatir públicamente, por el medio de comunicación que él prefiera, sobre la vida organizativa y económica de las FF.AA., como un modo de probar cuál de los dos conoce más de ellas. 2.- Toda institución nacional, incluidas las FF.AA. y la Iglesia, están sujetas a la crítica o elogio que su conducta merezca. En uso de un derecho constitucional y en cumplimiento de un deber ciudadano irrenunciable, seguiré ocupándome del análisis de la conducción de las FF.AA. tantas veces como juzgue necesario. 3.- En cuanto a la amenaza de agresión física que, con propósitos intimidatorios, formula el Gral. García Meza, por cuenta de las FF.AA. y en nombre suyo, debo declarar que, si bien no ignoro la demostrada peligrosidad de la misma, estoy como siempre, resuelto a defender mi honra, mi vida y la de los míos”. 
 
Luego de hablar con Marcelo y de recibir de él lo más parecido a una constatación de que la idea de matarlo devino decisión y ésta en precisar quién o quiénes se encargarían de quitarle la vida, mi temor se hizo crónico. Una de esas noches de insomnio, me puse a escuchar el casete de la entrevista que Marcelo sostuvo con Raúl Salón, en Nueva América, en junio de 1978.
— ¿Hubo muchos renunciamientos, Marcelo?
— Inmensos.
— ¿Peligros?
— Bueno, podría recordar. No lo habría querido hacer, detesto las referencias de carácter personal, pero creo que no hay forma de represión política que no hubiese sufrido. Está, desde luego, la expulsión de la Cámara de Diputados, secuestro en el Palacio de Justicia, con violación de su recinto; dos atentados con bombas, en mi domicilio; campo de concentración en Madidi; muerte de mi padre (se me impidió asistir a su entierro); exilio, intento de asesinato. No sé todavía lo que me depare el futuro.
 
Y el futuro iba a depararle, ese 17 de julio de 1980, lo que nunca hubieran querido la nación y los bolivianos.
 
* Eduardo Pachi Ascarrunz es periodista y fue amigo personal de Marcelo Quiroga.
 

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