Agrupaciones juveniles en La Paz de los años 60

Ronald McLean Abaroa *
 
 
A raíz del 50 aniversario de la muerte violenta de la hermana menor del grupo Los Marqueses que existió como gang (pandilla) en las décadas de los 60 y 70 en el barrio de Miraflores de La Paz, gentilmente me invitaron los editores de esta revista a darles mi versión.
 
La mía es una visión a través de ojos preadolescentes en el barrio de Sopocachi, la antípoda social de clase media de Miraflores, durante los años 50 y 60. A mi entender, Miraflores surgió como barrio residencial durante la década de los 30 y se encontraba algo a trasmano del eje de desarrollo paceño, situado principalmente a lo largo de la rivera derecha del Choqueyapu, río que dio origen a la ciudad.
 
La zona residencial de moda en aquella década se desarrollaba al este y sur del paseo de El Prado, en San Pedro, y bajando la avenida Arce y sus calles adyacentes, como la Capitán Ravelo y la 6 de Agosto hasta llegar a San Jorge, donde hoy se encuentra la Casa Presidencial, apoyada en el cuartel del mismo nombre. De allí al sur ya se trataba de “las afueras” urbanas, donde las familias en los años 30 emigraban a descansar en Los Obrajes.
 
En los 40 y posteriormente a la revolución de abril de 1952, Miraflores se convirtió en el barrio de la clase media ascendente, donde se instalaron muchas familias de los revolucionarios de la época como los Pardo Valle, Álvarez Plata, Fortún, Gonzales, etc. y mi admirado tío movimientista, Guillermo MacLean, el “rebelde” de la familia. Allí surgieron los hermanos Márquez que dieron el nombre a su pandilla: Los Marqueces.
 
En la cabecera norte del eje central de Miraflores, al final de la hermosa avenida Tcnl. Germán Busch (nombrada así en homenaje al joven presidente suicida, héroe del Chaco y nacional-socialista), los movimientistas construyeron el Monumento a la Revolución Mayor Gualberto Villarroel, otro presidente nacional-socialista, colgado por la turba paceña que lo derrocó; y donde posteriormente alojaron los restos del general Juan José Torres, también presidente de facto y social-nacionalista. El líder del MNR y cuatro veces presidente de Bolivia, Dr. Víctor Paz Estenssoro, se rehusó a ser enterrado allí y prefirió el austero cementerio de su bucólica Tarija natal.
 
Yo nací en 1949, en el antiguo barrio industrial y obrero de Achachicala, sobre la avenida Chacaltaya, al extremo norte de la ciudad, por encima de la bonita avenida Perú, donde se encontraba un magnífico monumento al héroe del Chaco, el aviador Rafael Pabón. De ese punto, se ascendía a El Alto, donde al paso se encontraba la clásica Estación Central de Ferrocarriles y varios kilómetros más arriba el solitario y gélido aeropuerto bautizado, más tarde, con el nombre del joven presidente yanqui John F. Kennedy.
 
En Achachicala se encontraban las principales industrias bolivianas: los molinos SACI, las hilanderías Forno, Soligno, Industrias Venado y algunas panaderías de inmigrantes judíos. También, las elegantes residencias de los industriales propietarios, casi todos inmigrantes europeos, que vivían junto a sus fábricas, adornadas con jardines y canchas deportivas, que facilitaban la convivencia de obreros y propietarios.
 
Yo nací cuando vivíamos en la casa de gerencia, frente al Molino SACI, y pasé mis primeros siete años jugando con los hijos de los obreros de la zona e impregnado de la cultura popular aymara prevaleciente, colgado del aguayo y pollera de mi adorada niñera indígena, Flora.
 
A inicios de 1957, mi familia abandonó la casa de Achachicala, barrio al que mi madre, Ketty Abaroa, lacónicamente llamaba “Cumbres borrascosas”, y en la que mis padres recibían como invitados a ministros y embajadores de su círculo social.
 
El hecho de que me hubieran matriculado en el colegio Alemán, en Sopocachi, y la progresiva decadencia industrial y urbana de Achachicala, motivó nuestro traslado. Así, mi familia fijó nuestra nueva residencia en la plaza España de esa zona.
 
En Sopocachi comenzó mi socialización juvenil de grupo. En el patio anterior de nuestra casa formamos el Club de Toby, el amigo de la Pequeña Lulú, personaje de nuestras revistas de infancia. “No se aceptan niñas” rezaba el letrero, tal como en el comic, a pesar que ya toda mi atención estaba fijada en la niña de siete años que vivía en frente. Era un club exclusivo de hombrecitos, dispuesto a aceptar a cuanto niño se asomare. El club evolucionó cuando, ante la posibilidad de incorporarnos al club Splendid, de los hermanos mayores de nuestros amigos de barrio, elegimos formar el Sporting Club. Tendríamos ocho años.
 
Nuestros dominios eran la plaza España, el Montículo, la plaza Adela Zamudio y, eventualmente, incursionamos en la plaza Abaroa, cuadras pendientes más abajo. Nos desplazábamos en bicicletas Hércules y Raleigh inglesas, que yo añoraba, ya que a mí me habían regalado una Wander, italiana, que no conformaba con las del grupo. Las carreras de bici se realizaban mayormente en el perímetro del Montículo, preciosa plazoleta con una capilla, un “Arco de Triunfo” y una bella fuente y estatua de Neptuno italiana, trasladados allí de otros parques. El Montículo, además, era el lugar de estudio y lectura ambulante de universitarios, y el rincón romántico de la ciudad, donde espiábamos, por la noche, a furtivos amantes.
 
Además del club Splendid, de Sopocachi, en San Jorge existían el Saint George, de la calle Cordero, cuyos miembros eran algo mayores, con fama de camorreros, y en Obrajes campeaban Los Haraganes, realmente de temer. En San Jorge teníamos tres amigos que eventualmente nos visitaban en la plaza España, atraídos por las jovencitas del barrio, a las que encontraban en nuestras primeras fiestas bailables. Ellos no eran del grupo de su barrio, ya que más bien se sentían amedrentados y se identificaban más con nosotros, que éramos en su mayoría del colegio alemán; ellos iban al colegio Saint Andrew’s.
 
De Miraflores no sabíamos mucho. Yo ocasionalmente era llevado allí para visitar a mis primos de la calle República Dominicana, junto al Hospital Obrero 9 de Abril, orgullo movimientista en el gobierno, pero donde la calle era de tierra, sin pavimento. Allí, montábamos un caballo pony llamado Tito, del primo mío. Él era el líder de un grupo de muchachos que yo no conocí por ser ellos tres o más años mayores, pero eran mayoritariamente de familias movimientistas.
 
Eventualmente incursionamos en visitas ciclísticas a la plaza de San Pedro, otrora residencial, pero donde predomina la cárcel pública, el “Panóptico”, y la iglesia del mismo nombre. Allí conocí a una bonita adolescente que llevé conmigo a Sopocachi como mi enamorada, pero no fue bien recibida por las jovencitas del barrio, de colegio high.
 
Lo que más recuerdo de esa época fue una monumental pelea que organizamos en el Montículo. En algún momento habíamos organizado unas olimpiadas deportivas en la cancha de fútbol municipal, posteriormente denominada Lastra, en honor a un empleado de la Alcaldía. Esa cancha entonces era de tierra, y en sus alrededores se encontraban otras canchas de tenis. Para entonces nuestro Sporting Club se había dividido y algunos amigos formaron otro, el Once Leones, en referencia a los 11 futbolistas que tiene un equipo. Las olimpiadas fueron memorables, compitiendo todos nosotros en varias disciplinas, además de fútbol. Pero los ánimos competitivos se habían caldeado y decidimos definir el torneo con una pelea entre los líderes de los dos clubes: Sporting y Once Leones, a realizarse en el Montículo, por supuesto.
 
El dilema estaba en que yo tenía que pelear con quien había sido desde mi llegada al barrio, mi mejor amigo, con quien jugábamos a los pies del lecho de su madre, enferma con cáncer, que moriría poco tiempo después. A diferencia de otras peleas de nuestros mayores del Splendid con los Haraganes de Obrajes, o entre ellos, que eran francamente violentas, definiéndose previamente si ellas eran con patadas o a puño limpio, la nuestra, entonces, fue medio tongo, sin ánimo de hacer daño, y ya por costumbre me eligieron “ganador”.
 
Tres años después, cuando yo ya estudiaba en Washington, me enteré que ese mi amigo del alma, Pedro Morant Benavides, como varios otros que habían migrado al colegio jesuita, se había unido al Ejército de Liberación Nacional (ELN) y luego capturado en 1971 en la frontera con Chile, donde aparentemente fue ejecutado. Era el resultado de un adoctrinamiento ideológico que sacerdotes “obreros” impartieron a alumnos adolescentes, incluso llevándolos a pie hasta Cochabamba para que se preparasen para un eventual combate guerrillero. Nunca pude sobreponerme a aquella noticia y al recuerdo de su padre viudo, devastado.
 
Entre 1965 y 1967, cuando asistí y salí bachiller del colegio Alemán, compartí con varios clubs de adolescentes, principalmente de Sopocachi, ya sin pertenecer a ninguno porque nosotros decidimos formar un grupo íntimo de atletas del colegio que no bebíamos ni fumábamos, pero asistíamos a las mismas fiestas.
 
Por entonces, de moda estaban los Jets y Sharks, émulos de la película romántica West Side Story (1961), y los Road Runners. Eran grupos principalmente sociales que se basaban en el barrio y el colegio de sus miembros, dando como resultado una agregación social homogénea por estatus social y económico. Los Jets venían de familias conservadoras paceñas, principalmente, mientras los Sharks reunían a jóvenes en su mayoría procedentes de familias orientales tradicionales de Santa Cruz y Beni. Ambos grupos, aunque distintos, se integraban y no recuerdo rivalidad o conflicto entre ellos.
 
Los Road Runners agrupaban a jóvenes de Obrajes y Sopocachi bajo, algunos procedentes de Cochabamba. Se los identificaba por poseer o manejar los vehículos familiares, de ahí su nombre, lo que les daba cierta distinción y ventaja social. Este grupo era ligeramente mas afín con los Jets. Sin embargo, no recuerdo algún club o grupo social de Miraflores, salvo el de Los Marqueces.
 
El río Choqueyapu, que divide la ciudad, también puso distancia entre la sociedad en ambas orillas. En Miraflores, la descendencia movimientista y de familias militares de los años 50 y 60, al parecer formaron posteriormente los grupos políticos de izquierda asociado al Movimiento Revolucionario de Izquierda (MIR) y, en menor medida, al Partido Obrero Revolucionario de orientación trotskista, con estudiantes de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Los jóvenes de Sopocachi, por su lado, estudiaron mayoritariamente en el exterior. Los que lo hicieron en Lovaina, Bélgica, se agruparon también, en su mayoría, en el MIR.
 
También la filiación política futura de estos jóvenes refleja los grupos sociales o clubs a los que pertenecieron en su adolescencia en La Paz. Muchos provenían de familias falangistas y acabaron militando o simpatizando con el partido conservador Acción Democrática Nacionalista (ADN). Sin embargo, aquellos que estudiaron en La Paz, ya sea en la universidad pública, UMSA, o en la privada Universidad Católica Boliviana (UCB), también se inclinaron por la izquierda socialista. Eran épocas de resistencia juvenil a los gobiernos militares.
 
Después de la muerte, en 1972, de la hermana menor de Los Marqueces, Miriam, y fijada su imagen como la de jóvenes violentos y rebeldes, ya no supimos más de ellos. No recuerdo que en la década de los 70 hubieran cometido delito alguno o estar involucrados en hechos violentos. Lo extraño era su orientación política de derecha, supuestamente antimarxista. ¿Era esta la consecuencia de alguna preferencia familiar previa, antimovimientista?
 
No fue hasta 1991, cuando siendo Alcalde de La Paz construimos el Puente de las Américas –entre la plaza Isabel la Católica de Sopocachi y el barrio de Miraflores– que se logró integrar más íntimamente a ambas zonas, y Miraflores se equilibró con Sopocachi en cuanto al valor de sus inmuebles, así como también se acortó la distancia social que había existido entre ambos barrios.
 
 
Estas dos zonas paceñas, el de la rivera derecha conservadora y el de la rivera izquierda emergente, han dado lugar a una nueva síntesis social en la Zona Sur, donde se han amalgamado paceñas y paceños, y se han entibiado las identidades y rivalidades juveniles. ¿Dónde cupieran hoy Los Marqueces?
 
* Ronald Mclean Abaroa fue alcalde de La Paz y ministro de Estado. 
 

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