¡Cómo duele el cáncer en Bolivia!

Abdel Padilla Vargas
 
Si hoy el cáncer duele más en Bolivia es porque para las autoridades aún no es una prioridad y para la gente algo que nunca le va a pasar.
 
Duele que amigos y familiares mueran por algo que se puede evitar. Duele que la única opción sea emigrar y mendigar ayuda en países vecinos. Duele que un presidente te diga que esta realidad no la conocía.
 
Lo cierto es que ambos, autoridades y población, caminamos a ciegas. Las primeras porque aún desconocen con lo que se enfrentan y en consecuencia eluden su obligación; y nosotros, porque preferimos ponernos una venda en los ojos.
 
Nadie habla de cáncer en la casa ni en los colegios porque es una palabra prohibida, un mal recuerdo, un “castigo” cuyo único desenlace es la muerte. No es cierto. El cáncer, como otras enfermedades, se cura si es detectado a tiempo y más aún si es en niños. Lamentablemente, todavía preferimos el estigma a la educación.
 
El tabaco, el sedentarismo, la mala nutrición, la contaminación y el estrés son factores de riesgo, pero la enfermedad puede aparecer en el momento menos pensando y en quien menos uno cree.
 
En el cáncer es el silencio el que mata, en realidad el cuerpo habla pero la gente no escucha. Y cuando lo hace, son pocos los médicos que deciden ir más allá de los síntomas clínicos, que al inicio son confundidos con problemas menores. Al cabo de un tiempo, a veces meses o hasta años, los pacientes volverán donde el mismo médico, pero con problemas no solo mayores sino irreversibles.
 
No existe un registro oficial, por lo tanto no se conoce cuántas personas tienen cáncer en Bolivia. Quizás entre 10 o 20 mil, y de estas, según las cifras que circulan, algunas elaboradas por las asociaciones de los propios pacientes, la mayoría en etapa terminal.
 
Pero cómo y por qué un cáncer llega a ser terminal. Desde luego por las características de la propia enfermedad y la respuesta de cada organismo, pero también y generalmente porque los diagnósticos son tardíos y los tratamientos insuficientes.
 
Un tratamiento insuficiente significa que no es integral porque: o faltan hospitales, o faltan laboratorios, especialistas, equipos, medicamentos o simplemente falta dinero.
 
Que falte dinero, en un país como Bolivia, determina todo lo anterior. El costo de un tratamiento, cotizado en dólares, es una cifra que puede ir acompañado de tres y hasta de seis ceros. Y esto no es una exageración.
 
Este costo debería ser cubierto, la mayor parte al menos, por el Estado y los gobiernos de turno —y digo gobiernos porque las alcaldías y las gobernaciones también son responsables, los de ahora y los de antes—, pero no es así. Quienes soportan esta carga son las propias familias y los amigos, los primeros endeudándose o vendiendo lo poco que tienen, y los segundos organizando campañas solidarias.
 
Muchas veces estas campañas cubren los gastos de los pacientes que deciden salir del país, como sucedió hace algún tiempo con un exministro o con el hijo de un exvicepresidente, que hicieron sendos tratamientos en Brasil. Como ellos, las personas que cada año son atendidas en hospitales solidarios argentinos se cuentan por decenas. Tampoco se sabe cuántas son porque el Consulado boliviano en Argentina casi nunca las visita.
 
Cuando uno deja el país en estas circunstancias no es un viaje cualquiera, es una huida. Por lo tanto, quienes emigran no solo son pacientes, sino exiliados de la salud, que escapan de Bolivia expulsados por un sistema que los desahucia prematuramente. Lo hacen conscientes de que deberán llevar consigo una doble carga, la enfermedad y una migración forzada, pero también seguros de que afuera encontrarán algo que en su propio país les es negado: el cobijo de eso que se llama Estado.
 
La fortaleza de un Estado no solo se mide en el control del manejo público, sino también y sobre todo en su capacidad para suministrar servicios básicos. Crecer solo por crecer, puede en nuestro caso poner en evidencia una paradoja: ocupamos los primeros lugares en crecimiento económico y los últimos en salud. “Los indicadores económicos no tienen sentido si no se reflejan en la mejora de los niveles sociales”, le oí decir alguna vez a un exministro de Economía. Casualmente, el mismo que recurrió al Brasil para hacer su tratamiento.
 
¿Tendrá Bolivia algún día un sistema público gratuito e integral de salud?
 
Nadie lo sabe. De lo que sí estoy seguro es que esto no sucederá mientras los gobiernos —el nacional, el departamental y el municipal—sean vistos como patrimonio del partido político de turno, mientras los sindicatos vean los seguros sociales como botines políticos y cajeros personales, mientras la medicina confunda servicio con negocio, mientras la prevención sea una consigna de año bisiesto, mientras existan hospitales que parecen museos y museos personales que cuestan más que hospitales. O, como decía Borges, mientras el cielo sea tan infrecuente y el infierno tan común.

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